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Brahms, el Librepensador

La Música Era Su Religión

Por Dan Barker

Traducción por David Sida

¿Cuántos padres que arrullan a sus hijos con la Canción de Cuna de Brahms saben que están cantando una melodía escrita por un librepensador?

Johannes Brahms, el gran compositor alemán conocido como la "tercera B" (después de Bach y Beethoven), no creía en ningún dios.

Nacido en 1833--el mismo año que el librepensador norteamericano Robert G. Ingersoll--abandonó tempranamente su educación cristiana, aun sin estar totalmente informado. Jan Swafford, en Johannes Brahms: Una Biografía, escribe acerca del joven compositor: "Aunque era un librepensador en cuestiones de religión, Johannes estudió minuciosamente la Biblia más allá de los requerimientos de su confirmación protestante." Desde entonces, "La música se convirtió en la religión de Brahms."

En su adolescencia, Brahms recargaba libros de poesía sobre el piano para entretenerse mientras tocaba para los marinos ebrios en un bar de Hamburgo. Su poeta favorito, de quien muchas de sus letras se desprendieron, era el anticlerical G. F. Daumer, descrito por la Enciclopedia Católica como un "Enemigo del Cristianismo" quien "se esforzó por sustituir una nueva religión 'de amor y paz.' " (Años más tarde, Daumer se convirtió al catolicismo.) Las obras de Brahms fueron también influenciadas por la filosofía y la literatura, incluyendo a Hoffman, Schiller, Robert Burns, Jean-Paul, y Friedrich Hölderlin. Tuvo un pronunciado interés en la ciencia y pudo conservar sus propias políticas de debate, literatura, religión y filosofía.

Un ávido paseante que amaba el exterior, Brahms a menudo se volvía a la naturaleza para inspirarse. "Una buena parte de su música", escribe Swafford, "en su inspiración y espíritu, nació de las montañas y de los bosques y del cielo abierto." La melodía para el final de la Sinfonía en Do menor en realidad dibuja la forma de los Alpes, como Brahms los vio durante un paseo.

Brahms ocasionalmente usaba textos bíblicos, pero sólo por razones artísticas. Tras la muerte de su madre, escribió el popular Ein deutsches Requiem (Un Requiem Alemán, 1867), pero fue cuidadoso al seleccionar sólo aquellas palabras bíblicas relacionadas con esta vida y con aquéllos que sufren. El Requiem empieza "Bienaventurados los que sufren, porque serán consolados", y evita hablar de la salvación eterna. Dándose cuenta de este giro secular, el conductor Karl Reinthaler, quien había estudiado teología y estaba trabajando cercanamente con Brahms en el estreno de la Semana de Pascua, escribió a Brahms: "Discúlpame, pero me preguntaba si no sería posible extender la obra de alguna forma que le acercara a una misa de Viernes de Pascua... lo que falta, al menos para una conciencia cristiana, es el punto central: la salvación en la muerte de nuestro Señor..."

En otras palabras ¿qué hay de Jesús?

"Brahms no iba a tolerar este tipo de situaciones," escribe Swafford. "él era un humanista y un agnóstico, y su réquiem iba a expresar eso, con Reinthaler o sin él... Con el título de Un Réquiem Alemán, él pensaba expresar que éste no es el réquiem en latín, ni una traducción alemana del mismo, si no un testamento personal, un réquiem. Brahms evitó el dogma en la pieza por la misma razón. . . incluso si las palabras habían sido extraídas de la Biblia, ésta fue su respuesta a la muerte como hombre secular, escéptico, moderno.

Brahms respondió amable, pero firmemente a Reinthaler: "En cuanto concierne al texto, confieso que alegremente habría omitido la palabra Alemán y en su lugar habría utilizado Humano; también con el mejor conocimiento y lo habría dispensado con pasajes como Juan 3:16. Por otro lado, escogí una cosa o la otra porque soy músico, porque lo necesitaba, y porque con mis venerables autores yo no puedo borrar o disputar nada. Pero mejor me detengo antes de hablar demasiado."

¡Ya había hablado demasiado! El verso que Brahms intencionalmente descarta es fundamental para la Cristiandad: "Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio Su Hijo amado, y quien crea en él no perecerá, si no que tendrá vida eterna." Swafford concluye: "Brahms quiere decir que lo pudo hacer sin ese verso y sin ese dogma, en Ein deutsches Requiem y en su vida. Si él fue un protestante del norte de Alemania por tradición y temperamento, no lo fue en su fe, como todas las convicciones que Brahms guardaba en su pecho. Para sí mismo no habría llamado a Cristo un hijo particular de Dios. Mientras que, para Reinthaler minimizó la teología de los versos que sí usa, diciendo, 'No puedo borrar o disputar nada de la Escritura. Con lo que confiesa oblicuamente que incluso las persistentes indirectas de resurrección en sus textos no son sentimientos auténticos. Al final de su Réquiem, los muertos no resucitan pero dice: 'descansan de sus fatigas.' Es ese descanso de sus propias fatigas el que Brahms añoró tanto un día, mientras su madre descansaba de su vida de pobreza y trabajo."

Cuando Brahms hablaba algunas veces de inmortalidad, era en metáfora, en broma. Para su editor, cierta vez escribió: "¡Terminado! ¿Qué está terminado? ¿El concierto para violín? No. . . Uno nunca tiene la certeza de nada; ni siquiera lemas crédulo. . . Y yo soy crédulo. A decir verdad, creo en la inmortalidad--; creo que cuando un inmortal muere, la gente lo recordará por 50.000 años y más, hablando mal y estúpidamente de él--de esta manera, creo en la inmortalidad, atributo hermoso y acorde sin el cual tengo el honor de existir--Tuyo, J. Br."

Para su amigo Richard Heuberger, Brahms, quien nunca contrajo matrimonio, dijo, "¡Aparte de Frau Schumann no estoy atado de alma entera a nadie! Y sinceramente eso es terrible y no se debería pensar o decir semejante cosa. ¡No es una vida solitaria! Aún no podemos creer en la inmortalidad del otro lado. La única y verdadera inmortalidad yace en los hijos de uno."

Clara Schumann, por cierto, la virtuosa pianista y compositora quien fue una sincera amiga de mucho tiempo de Brahms, tuvo también poca disposición para la iglesia. "Interpretar era su religión," observa Swafford. "El mundo veía a Clara Schumann como una sacerdotisa, algo así como una santa. Si hay algo así como una santa secular, seguramente ella fue una."

Brahms también usaba dioses no bíblicos para sus propósitos. El texto de Gesang der Parzen (La Canción del Destino, 1882) fue extraído de la Ifigenia de Goethe: "¡Que la raza humana tema a los dioses! Ellos tienen el poder, En sus manos eternas, Y lo usan, Como les place. . ." Sin embargo, Swafford resalta que los dioses de Brahms eran terrenales, no supernaturales: "Cuando él dijo a George Henschel, '¡Tanto como los hombres. . . estamos sobre los reptantes de la tierra, cuanto estos dioses están sobre nosotros!' los dioses de los que hablaba era sus dioses personales, su verdadera religión: Bach, Mozart, Beethoven, Schubert, y los otros. Ahora se aproximaba en edad a los dioses desaparecidos de la tierra, y los únicos en la inalcanzable y pacífica gloria."

Mientras trabajaba en Nänie, la conmemoración de la muerte de su amigo, el pintor Anselm Feuerbach, Brahms escribió a otro amigo: "¿Buscarías algunas otras palabras por mí?... Las de la Biblia no son lo suficientemente paganas para mí. Compré el Corán, pero tampoco pude encontrar nada allí."

Brahms no sólo era un no-creyente nominal. A menudo tenía opiniones bien fundamentadas sobre religión. El pastor y dramaturgo Josef Widmann, quien una vez expresó a Brahms su apoyo al movimiento de la Reforma Teológica en Suiza, se sorprendió al hallar a Brahms "no sólo conocedor del tema si no también con poderosas opiniones encontradas a él." Brahms lo dijo de la siguiente forma: "una cierta medida que no satisfaría ni a los píos ni a los libre-pensadores," escribe Swafford.

Admirable para esa época y ese lugar, Brahms nunca fue antisemítico. "Hacia el fin de su vida," hace notar Swafford, "respondiendo al antisemitismo que se había vuelto endémico en la vida política de Austria, se le oyó a Brahms decir entre gruñidos, '¡La próxima semana me circuncidaré!'... Brahms había idolatrado a Bismarck y a los autoritarios Prusos, pero seguía siendo un liberal y un demócrata en el corazón."

Cuando los Cristianos Socialistas finalmente eligieron a Karl Lueger como vicealcalde de Viena en 1895, terminando así el prolongado mandato liberal, y transformando a Austria formalmente antisemitítica desde entonces y hasta Hitler, Brahms remarcó a sus amigos: "¿No les dije hace años que esto pasaría? Ustedes se rieron de mí entonces igual que los demás. Ahora llegó, y con el sistema económico de los ministros. ¡Si hubiera un Partido Anticlerical tendría sentido! ¡Pero el antisemitismo es la locura!"

Brahms odiaba la música de Anton Bruckner, un creyente devoto cuyas obras fueron más tarde interpretadas con gusto por los nazis. "Todo es afectación en él, nada es natural," dijo Brahms. "En cuanto a su piedad--que es lo suyo, no es nada para mí."

Pero Brahms admiraba la música de Dvoràk, a quien ayudó económicamente cuando el joven bohemio era un emproblemado escritor. En años posteriores tuvieron la oportunidad de ser bien conocidos. "Mientras los dos hablaban," escribe Swafford acerca de una de sus largas conversaciones, "Brahms divagaba de su agnosticismo, su creciente interés en Schopenhauer, el filósofo del pesimismo (el favorito de Wagner). En el camino de regreso a su hotel con el violinista Josef Suk, Dvoràk iba pensativo y callado. Súbitamente exclamó con verdadera angustia, '¡Semejante hombre, semejante alma buena, y no cree en nada! ¡No cree en nada!'

El juicio "alma buena" de Dvoràk no era una hipérbole. Brahms el no creyente era generoso y solícito, compartiendo sus bienes pródigamente, viviendo de forma sencilla y humilde, dando de su tiempo y de su energía a otros. Swafford relata un acontecimiento excitante e ilustrativo cuando Brahms pasaba el verano de 1885 en Mürzzuschlag:

"Un día una carpintería cerca de su casa se incendió. Brahms salió corriendo de su habitación de trabajo con la camisa arremangada para unirse a la pequeña brigada para combatir el fuego, llamando a gritos a los transeúntes bien vestidos para que ayudaran. En la confusión alguien lo jaló y le dijo que sus papeles estaban amenazados por el fuego. Brahms lo pensó un segundo, y luego volvió a las cubetas. Richard Fellinger finalmente extrajo de él la llave de su cuarto y corrió para salvar la partitura de la Cuarta Sinfonía. Cuando el fuego se había extinguido--no tocó su habitación--Brahms no hizo caso de su manuscrito amenazado diciendo 'Oh, esa pobre gente necesitaba más ayuda que yo.' Su siguiente acto fue da algo de dinero al carpintero para la reconstrucción. (Pudo, después de todo, rescribir la sinfonía de memoria.)"

No sólo la Canción de Cuna (Wiegenlied) de Brahms fue escrita por un librepensador, si no que también su historia puede ser considerada escandalosa por algunos cristianos. La canción fue escrita en honor al nacimiento del hijo de los amigos de Brahms: Bertha y Artur Faber en 1868. Años antes, Brahms se había enamorado por poco tiempo de Bertha cuando ella era una visitante de su coro de mujeres en Hamburgo, y durante el singular noviazgo ella solía cantarle una alegre melodía vienesa en compás de 3/4. El romance terminó, pero la amistad continuó, y la melodía que Brahms compuso después para la privada canción de cuna era un creativo contrapunto de la canción de amor que la madre del niño recordaría cantándole al compositor. Cuando presentó el regalo a los Fabers, Brahms incluyó esta nota al marido: "Frau Berta se dará cuenta que escribí 'Wiegenlied' para su pequeño. Le parecerá que. . . mientras ella se la canta a Hans, alguien le canta a ella una canción de amor." Bertha fue la primera persona en cantar la Canción de Cuna de Brahms, las dos melodías de amor bailando coquetamente en su cabeza.

Brahms gozó casi de perfecta salud hasta sus últimos meses, ni siquiera se quejaba de un dolor de cabeza, y rara vez visitaba a un doctor. Por la mañana la vida de Brahms terminó en Viena en 1897--tenía casi 64, debido a un cáncer de hígado mucho tiempo antes de que estuviera preparado para irse--no hubo conversión en su lecho de muerte, ni arrepentimiento por llevar una vida sin dios. Artur Faber (el esposo de Berta), había ido a ver al enfermo esa mañana a darle un vaso de vino para apagar su sed. "Oh, que bien me supo eso. Eres un hombre amable," dijo Brahms, sus últimas palabras registradas.

Johannes Brahms no buscó la inmortalidad, pero la alcanzó de todos modos: no en los hijos, ni en el cielo, si no en la belleza que legó al mundo.


Fuente: Johannes Brahms: A Biography, por Jan Swafford (1997, Alfred A. Knopf, Inc.)